Cristianismo a la carta
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Introducción
Me gustaría que imaginaran a una persona que se encuentra en un aeropuerto, esperando ansioso porque está a punto de emprender el viaje más importante de su vida. En la mano tiene un tiquete que compró con muchísima seguridad y finalmente llega la hora del abordaje, las personas empiezan a hacer el Check In y a pasar a la sala de abordaje, pero sucede algo terrible e inesperado. Cuando esta persona entrega su tiquete: el encargado lo mira y le informa que su tiquete es falso y le niega la entrada. Estaba convencido de que su viaje, su acceso estaba garantizado, pero se equivocó gravemente al haber dependido de una garantía fraudulenta.
Esta escena desgarradora ilustra perfectamente la descripción de la tragedia con la que muchos se van a encontrar en su eternidad y que nuestro Señor Jesús describe al final del Sermón del Monte. Ya en el último capítulo Él pasa de ponernos en alerta sobre los falsos profetas a confrontar a los falsos profesantes. Lo que nos revela es que es totalmente posible que estemos dentro de la iglesia, hablar en «cristianés» (vocabulario cristiano), servir incansablemente y aún así estar auto engañados confiando en un tiquete falso.
Quiero ser reverente con esta predicación poniendo de base que no vengo aquí pretendiendo ser o mostrarme como alguien que cumple todo estándar moral porque mientras iniciaba la elaboración de este sermón con el foco puesto en el versículo que vengo a exponerles, también había un llamado a mi conciencia con las palabras de Pablo: 1Co 10:12 «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga.»
Dicho esto, es pan de cada día encontrar en nuestras iglesias a personas que asisten fielmente cada domingo y que dicen “Señor, Señor” con una devoción, con un entusiasmo, con una ortodoxia que, en apariencia, deberían ser dignos de admiración, pero (y este es un gran pero) de lunes a sábado su estilo de vida evidencian una historia que es diametralmente diferente.
Hablamos de creyentes nominales que, increíblemente, no ven contradicción en llamarse “cristianos” mientras se identifican y abrazan pensamientos caídos de este mundo. Sorprendentemente se identifican con ideologías que justifican el aborto y ven la Biblia como si fuera un menú de restaurante: esta parte sí la consumo, esta no la pido, esta parte sí la obedezco, esta parte la puedo ignorar, reinterpretan todo lo que contradice sus deseos.
Con su boca dicen una cosa, pero sus propias vidas revelan que el señorío absoluto de sus propias decisiones es ellos mismos. Agustín de Hipona lo dijo hace muchos años: «La hipocresía es el homenaje que la inmoralidad rinde a la virtud».
No son ateos declarados, son personas que reclamarán que profetizaron, sirvieron, hicieron milagros pero, Jesús nos revela la diferencia entre el «decir» y el «hacer», que una profesión de fe que no es moral sino meramente verbal, que solo dice, pero no obedece, es una fe muerta. La salvación y la obediencia a la voluntad de Dios son realidades incluyentes e inseparables.
Si alguna vez te has sentido cómodo o cómoda justificando tu pecado, si crees que servir en la iglesia puede manejarse como un sustituto para tu falta de obediencia o de santidad, por favor, presta mucha atención a este mensaje porque en el texto de hoy Cristo nos pone frente a un espejo y nos coloca frente a una elección que no podemos evadir y que es radical, pero no te dejará en derrota, mi hermano porque el propósito es que penetre lo más profundo de tu conciencia y la mía, destruya toda falsa seguridad y te llame a un arrepentimiento genuino que realmente transforme tu vida.
En nuestra naturaleza pecaminosa, todos tenemos la tendencia a ser hipócritas, a querer los beneficios del Reino sin doblegarnos a las reglas del Rey, pero la gracia y la gloria de nuestro Señor Jesucristo es más que suficiente para nosotros que somos insuficientes.
Mateo 7:21-23
En el Sermón del Monte, no nos encontramos con un código de moralidad externa sino que Jesús describe cómo debería ser la vida cuando estamos juntos sujetos al imperio de la gracia de Dios.
Estas personas a las que Jesús les hablaba, estaban sometidos al legalismo, a la justicia externa y ceremonial impuesta por escribas y fariseos que ponían todo el peso en el «hacer» ritualista y despreciaba el «ser» y los motivos del corazón. Bueno, pues Jesús llega a revolucionar este concepto a tal punto que les dice que si su justicia (la de la audiencia) no era mayor que de los escribas y fariseos, no contarán con la entrada el reino de los cielos porque esta justicia debe ser profundamente interna porque si la obediencia no existe en el corazón, sencillamente no existe en absoluto.
Justo antes de los versículos que leímos, Jesús alerta sobre aquellos individuos, los falsos profetas, que vestidos de ovejas, son los lobos rapaces y que por sus frutos los conoceremos para luego hacer una transición magistral y (podríamos decir que) aterradora hacía los falsos seguidores. Si descubres a los profetas falsos por lo que enseñan, entonces a los falsos seguidores se les descubre porque su profesión de fe no está alineada con su vida diaria.
Iglesia, para tener un poco más de contexto, la palabra que significa «Señor», aquí en este texto, podría pasar como un simple título de respeto, pero cuando encuentras la repetición «Señor, Señor» debes entenderlo como un énfasis superlativo, un fervor, un celo intenso que también señala reverencia profunda.
Notemos la conducta de estos falsos profesantes que en “aquel día” (es decir, el día del juicio final en el que el destino de toda alma será sentenciado irrevocablemente) afirman haber profetizado, haber echado fuera demonios y hecho milagros, todo esto «en el nombre» de Jesús.
Tres veces dicen la frase «tu nombre» en tres momentos diferentes, lo que evidencia que si bien usaban el nombre de Jesús, lo hacían como un talismán, como una fórmula mágica para sus ministerios y para jactarse de sus obras religiosas que parecen espectaculares. Jesús ni siquiera les niega el argumento, pero sí les señala que ninguna de estas «súper obras» tiene algún poder de salvación.
Jesús les responde que nunca los conoció. El verbo «conocer» va mucho más allá de un conocimiento intelectual, tiene un significado más profundo, de intimidad, de comunión de aceptación, como la relación entre un esposo y su esposa o como la del Pastor que conoce muy bien a sus ovejas.
Lo que Jesús nos revela aquí es que les dice, en otras palabras: «ustedes nunca tuvieron una comunión íntima conmigo, jamás hubo una relación de amor salvador, ustedes nunca fueron míos.»
Como si fuera poco, los acusa finalmente como «hacedores de maldad», es decir, su estilo de vida continuo era la práctica de la maldad y el pecado era su hábito regular. Gritaban «Señor, Señor», pero Jesús nunca fue realmente el Señor de sus vidas, el Soberano de sus vidas sino que ellos mismos en su autonomía rebelde, profesaban a Cristo, pero sus vidas estaban llenas de rebelión contra la ley de Dios, viviendo en desobediencia frontal a la voluntad del Padre.
Iglesia, ¿por qué es clave entender el contexto y significado en detalle de este texto bíblico? Ahora mismo te lo voy a exponer porque las verdades de Mateo 7:21-23 apuntan directamente al corazón de la iglesia de nuestro siglo. La iglesia de Cristo está inundada de cristianismo nominal y de un engaño espiritual sorprendente.
Escúchame, IFRAN, la advertencia que Jesús hace no es a paganos, no es a ateos o a gente que desprecia nuestra fe ni a secularistas declarados. ¡Jesús está advirtiendo a la gente que está sentada en las sillas de la iglesia! A aquellos que hacen parte de la congregación, a aquellos que levantan sus manos cada domingo y cantan hermosas alabanzas de adoración, a aquellos que servimos en los ministerios, a aquellos que llaman «Señor, Señor» a Jesús con un fervor aparentemente genuino.
El problema más grande que tenemos, iglesia, no es que no hagamos suficientes actividades o eventos o shows o conciertos, no, la gran tragedia que Cristo hoy nos pone de frente es el terrible abismo del autoengaño.
Miles de congregaciones, cientos de personas que tienen una confianza fraudulenta de su salvación porque basan su seguridad en una oración vacía y repetida hace 15 años o en que ya se bautizaron o en que sirven dentro de la iglesia o que se paran en el púlpito a predicar, pero aunque sus labios profesan reverencia, entre semana sus vidas cuentan una historia diametralmente opuesta porque piensan, actúan y deciden exactamente igual que el mundo no regenerado. Eso es tomar el nombre del Señor en vano.
Esa desconexión fatal entre lo que se profesa de labios y el estilo de vida hoy se puede identificar fácilmente con nombres claros. La vemos evidentemente en aquellos que se llaman cristianos, pero que defienden y practican los valores culturales por encima de la Palabra de Dios.
Vivimos en una época de «cristianismo progresista» que intenta redefinir la fe, pero, iglesia, esto no existe. Un cristiano progresista es como decir un «judío nazi», no hay coherencia, no hay puntos que los unan o, al menos, no con esta nueva forma de resignificación de la palabra «progresista».
No podemos afirmar ser seguidores de Cristo y, al mismo tiempo, apoyar el asesinato de niños no nacidos en el vientre de una mamá sea cual sea la razón. De acuerdo con lo que enseña la palabra de Dios, debemos levantar al caído, ser comprensivos, intencionales y acompañar en amor a aquellas mujeres que han quedado embarazadas contra su voluntad, pero nada, jamás justificará, de ningún modo quitarle la vida a un bebé en gestación.
El ser humano existe desde el momento de la concepción porque es genómicamente individual, autónomo y diferente tanto de la madre como del padre. Lo dice la genética moderna, la embriología moderna, la teoría celular y la biología celular.
Haz un inventario, mi hermano, de tus posiciones frente a diferentes aspectos de la vida y honestamente señala cuántas mentiras de la ideología de género estás abrazando, del feminismo radical que te suenan lógicas, de la redefinición del matrimonio y de cualquier filosofía humanista que lo único que busca es acabar con el diseño original de Dios.
Tú y yo debemos tomar la Biblia y tratarla como la inerrante, soberana, infalible y todo suficiente palabra de Dios de pasta a pasta donde cada una de sus palabras proviene de la expiración de Dios, no como menú de restaurante o como barra libre donde tomamos los pasajes que hablan de amor, de fortaleza, de tolerancia o de perdón, pero rechazar, escupir o ignorar lo que hablan de la necesidad de arrepentimiento, del juicio de Dios, de la santidad sexual y de cargar la cruz.
Eso no es cristianismo, IFRAN, eso es apostasía. El apóstol Pablo lo señala en 1ª Timoteo 4:1-3
No puedes llamarte cristiano y tener la conciencia cauterizada. Es iniquidad disfrazada de una jerga religiosa porque es totalmente imposible poner a Jesucristo a un lado y a Su palabra en otro. Jesús mismo lo dijo en Juan 8:31,
La autoridad de la palabra de Dios es la misma de Cristo y obedecerlo es someterse a la totalidad de Su Escritura, no sólo a aquellas partes que culturalmente son aceptables hoy.
Si dices que amas a Cristo, pero rechazas lo que Él demanda en Su palabra a favor de las ideologías de este mundo, no es la Palabra de Dios la que gobierna tu vida sino que eres tú y tus conceptos culturales que juzgan y subyugan la palabra de Dios bajo tu propia ley, lo cual es grave porque usas a Jesús como una simple mascota para tus propios principios ideológicos. Le estás diciendo «Señor, Señor», pero si no te sometes plenamente a Su voluntad, Él te dirá Aquel día: «Nunca te conocí, apártate de mí».
Es excluyente considerarse seguidor de Cristo y al mismo tiempo, aliarse y hacer concesiones con sistemas de valores de un mundo que un día lo crucificó.
No te hablo desde la arrogancia, sino como decía el Pastor el domingo pasado, con temor y temblor porque esta Palabra nos juzga a todos, pero Cristo no pretende destruirte ni a ti ni mí, sino destruir nuestras falsas seguridades antes de que sea demasiado tarde, Él quiere acabar con toda autocomplacencia espiritual de tu corazón y que te hagas un autoexamen riguroso como lo dice Pablo: Pónganse a prueba para ver si están en la fe. Examínense a sí mismos. 2ª Cor. 13:5
Conclusión
Párate frente al espejo de la Palabra de Dios y con brutal honestidad pregúntate: «¿Realmente es Cristo el Señor de mis decisiones financieras, de mi matrimonio, de mi sexualidad, de lo que veo en mi celular, en el TV, de mis prioridades? ¿Realmente amo Su palabra a tal punto que me someto a ella aunque vaya de frente contra mis propios deseos o con las modas que me gustan de esta sociedad moderna?
¿Mi vida es un testimonio evidente del fruto del Espíritu Santo o sigo dominado o dominada por los deseos de la carne? Si la respuesta te confronta, este es el momento de aumentar tu temor reverente a Dios, de rendir tu orgullo, de correr hacia el verdadero arrepentimiento.
Dios no te deja en derrota, IFRAN, ni Su objetivo es dejarte aplastado en un tipo de desesperación legalista, creyendo que con tus propias fuerzas vas a poder fabricar una obediencia que humanamente nunca vas a poder alcanzar.
En nuestra naturaleza pecaminosa, todos tenemos la tendencia a ser hipócritas, a querer los beneficios del Reino sin doblegarnos a las reglas del Rey, pero la gracia y la gloria de nuestro Señor Jesucristo es más que suficiente para nosotros que somos insuficientes.
Nuestra mejor obra de justicia es como trapo de inmundicia delante de Dios, por eso es que Cristo, además de venir a ser Maestro y Juez, también vino a ser tu Redentor sustituto. Él vivió la vida perfecta que ni tu ni yo jamás fuimos ni somos ni seremos capaces de vivir, más Él en absoluta obediencia a la voluntad del Padre, murió en la cruz del Calvario, soportó burlas, golpes, humillaciones, el destierro, el verse desamparado por el Padre para que tú y yo a través del arrepentimiento en fe y por medio de la gracia, jamás tengamos que escuchar las palabras: «Apártate de mí, hacedor de maldad.»
Cuando entiendes realmente el costo de esa gracia, ocurre algo sobrenatural en ti porque Dios envía al Espíritu Santo a darte un nuevo corazón que te lleva a obedecer ya no por miedo al infierno, no para ganarte el favor de Dios, ni para impresionar a nadie, ni siquiera a Dios sino que obedeces porque ahora estás unido a la vid verdadera que es Cristo y Su savia y poder fluye a través tuyo produciendo fruto de manera natural e inevitable.
Hoy te hago la invitación no a que aumentes tus esfuerzos religiosos superficiales, tampoco para que redobles tu activismo religioso para tratar de calmar tu conciencia. El llamado (y es un llamado urgente) es al arrepentimiento genuino, que seas radical con tu pecado, con tus excusas y con tus ideologías rebeldes y progresistas o lo que quede de ellas en ti.
Ven a los pies del Juez que, si aún respiras hoy, se ofrece como tu salvador. Rinde completamente a Él el control de todo tu ser, suelta esa falsa ilusión de ser el dueño de tu destino y suelta toda tu confianza en la gracia transformadora de Cristo.
Que sea Él quien opere en ti, que a través de Su inerrante e infalible palabra obre en ti tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad.
Que nuestro Señor Jesucristo te conceda la gracia para que aquel gran día, el día del juicio final, no seas destituido con vergüenza como falso profesante, sino que seas bien recibido por el Padre como su verdadero hijo, vestido con la justicia de Cristo y con el testimonio vivo de una vida gozosa y de una profunda obediencia.