La fe en un Cristo vivo 1ª Parte
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Introducción
Había un hombre llamado Justo, iba todos los días a la iglesia a orar, muy temprano, cada día sin falta, el hombre subía a la parte alta del templo y adoraba a Dios, oraba por dos horas, luego bajaba para ir a trabajar.
Dos calles, abajo del templo, vivía Horacio, un vecino a quien Justo odiaba, pues Horacio tenía la manía de entrar en la finca de Justo en las noches y robarse las gallinas. Justo, oró mucho tiempo por Horacio, le pidió a Dios con mucha fe, que transformara el corazón de Horacio y dejase de robarle sus gallinas. Luego de un par de años sin respuesta alguna por parte de Dios, Justo decidió no orar más por su vecino y bajó los brazos, y se convenció que Horacio era un ladrón sin conciencia, que premeditaba sus robos y que poco le importaba el daño que le causaba a su vecino al robarle las gallinas.
Justo, odiando tanto a su ladrón vecino, desviaba la calle donde vivía Horacio, no quería verlo, pues no lo soportaba. En tanto bajaba Justo por otra calle, Horacio subía al templo, a la parte más alta para orar a Dios, y con lágrimas en sus ojos pedía a Dios por un trabajo estable para que no tuviese que robarle las gallinas a su vecino para darles alimento a sus hijos y su enferma esposa. Horacio sentía vergüenza por su reprobado comportamiento, Horacio se arrepintió cada día hasta que pudo dejar de robar.
Al pasar los años los dos hombres murieron, y estuvieron entonces delante de la presencia de Dios para mirar y juzgar sus vidas. Horacio estaba feliz, su sufrimiento había acabado, ya no había lágrimas en sus ojos porque recibió la misericordia de la gracia de Dios, pues fue un hombre que se arrepintió y venció al pecado finalmente. Justo confiado de sus obras y de que nunca le robó a nadie, estaba convencido de que su lugar estaba asegurado junto al Señor por derecho propio. Pero vaya sorpresa, cuando recibió la noticia de que no entraría junto al Señor, sino que sería arrojado al lugar donde hay lloro y crujir de dientes.
Contrariado, le preguntó a Dios ¿Por qué? Si yo fui bueno, Dios lo miró y le dijo, no se trata de lo que tu creas, sino que la única obra que encontré en tu corazón fue un profundo odio por un vecino al que jamás quisiste regalarle un par de pollos para que los criase y tuviese con qué cubrir sus necesidades.
Te frustraste y tu fe murió por tu incapacidad de obrar a favor de tu hermano con la misericordia que tanto estudiaste en el templo cuando leías mi palabra.
Muchas veces, he escuchado a muchos teólogos hablar de una supuesta contradicción entre la carta a los Efesios y la carta de Santiago, respecto al hecho de que Pablo en Efesios dice que no es por obras, sino por fe que somos justificados (Efesios 2,9), mientras Santiago dice que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe (Santiago 2,24).
Pablo hace referencia a que no podemos comprar nuestra salvación con nuestras obras, mientras que Santiago aclara que, si nuestras obras no evidencian la obra de Cristo en la cruz en nuestra vida, nuestra fe es inútil porque está muerta.
Santiago 2:14-20
si nuestras obras no evidencian la obra de Cristo en la cruz en nuestra vida, nuestra fe es inútil porque está muerta.
Una verdad que Santiago subraya en este texto y que se enseña en toda la palabra de Dios, es que lo que hacemos muestra lo que somos. Esa verdad, desde luego, está en el nivel más profundo e importante posible. Santiago no está hablando sencillamente de creencias e intenciones en general, si no de una firme creencia de fe salvadora. La autenticidad de una confesión de Jesucristo como Salvador y Señor se hace más evidente por lo que una persona hace que por lo que dice. Una persona que profesa a Cristo, pero no vive una vida que honre a Cristo y le obedece, es un fraude. En este capítulo 2, dos veces Santiago describe tal fe como muerta. Una persona con fe muerta no puede producir y no produce, obras que son verdaderamente rectas y buenas y la ausencia de tales obras es prueba de la ausencia de fe salvadora.
- UNA IGLESIA RELIGIOSA
Santiago, introduce esta enseñanza con una pregunta bastante intencional.
Pregunta sobre la utilidad de la fe respecto a la vida cotidiana, y hace una pregunta aún más instigadora “¿Acaso puede esa fe salvarlo?” Esa segunda pregunta de Santiago es el gran desafío de la iglesia de hoy.
Los creyentes de hoy, les encanta hablar de Dios, de Cristo y de la cruz, somos expertos en todo ello, y creemos fervientemente en lo que decimos. Respecto a eso Santiago nos pregunta, si eso es en realidad útil y suficiente. Se pregunta sobre si creer es suficiente para hacerse discípulo de Cristo.
¿Es suficiente con que tú creas, pero no actúes conforme a lo que crees?
Decimos que:
- Creemos en Dios, pero nuestro interior está lleno de pecado.
- Creemos en Cristo, pero somos mentirosos.
- Creemos en la cruz, pero no miramos nuestro pecado como la inmundicia que es delante de Dios.
- Creemos en la iglesia, asistimos a ella, oramos en ella, cantamos en ella, pero nuestra vida no cambia.
- Creemos que Dios es nuestro padre, pero nunca vamos a él para rendir cuentas y que examine nuestro corazón.
- Creemos en Dios, pero seguimos obrando conforme a las obras de la carne.
- Creemos en Jesús, pero no practicamos su misericordia porque hacemos acepción de personas.
- Creemos que Cristo nos perdona, pero no perdonamos a quienes nos hacen daño.
- Creemos en el amor de Cristo, pero no amamos a quienes más necesitan de nuestro amor.
- Creemos que Dios es nuestro Padre, pero no le obedecemos porque vivimos justificando nuestra vana manera de vivir.
- Creemos que Jesús es el centro de todo con canción incluida, pero el centro de nuestra vida somos nosotros, ¡somos nuestro propio centro!
- Creemos que Cristo da salvación, pero no sentimos vergüenza de nuestro pecado delante de él, porque sentimos que no estamos tan sucios como otros.
Eso amada iglesia, es una fe muerta y Santiago hoy nos pregunta “¿Acaso puede esa fe salvarlo?”
EL LLAMADO A LA MISERICORDIA
Santiago ilustra esta falla de la iglesia de forma muy creativa, pero ojo, no se trata de una perspectiva materialista, es un recurso para ilustrar un problema mucho más grave al interior de la iglesia.
Si una persona tiene una necesidad (sea cual sea) y recibe un gran discurso por parte de nosotros como cristianos y nuestras palabras son elocuentes, pero no somos una respuesta real para estas necesidades, entonces no servimos ni como cristianos, ni como iglesia.
Nada de lo que tú y yo hagamos sirve ni la fe ni las obras si estas no son el resultado de una experiencia personal con Cristo.
Si la iglesia no siente dolor por las almas, si tú no sientes dolor por el pecado de tu prójimo, es porque a ti nunca te ha dolido tu pecado delante de Dios, y si tu pecado no te ha humillado delante de Dios tú no has experimentado la gracia de Dios en tu vida, y es muy probable que veas partir a muchos de los tuyos a una eternidad sin Cristo, y que eso a ti no te duela.
¿Cuántas veces te has postrado ante Dios para que ese que está frente a ti alcance su misericordia?,
¿cuántas veces te has dado a la tarea de amar al que no se lo merece, así como Dios te amo a ti sin merecerlo? Los cristianos de hoy creemos que el amor de Dios es un derecho por ser cristianos, y no, es un regalo que no merecemos.
Por lo anterior, la iglesia de hoy es de discursos y frases que estremecen las emociones y que mueven sentimientos, pero en el fondo somos una iglesia que no siente nada por nadie, no nos duele el pobre, no nos duele el impío, no nos duelen nuestros hijos, nos llevamos por delante al que sea, orgullosos de un gran discurso, de una gran teología, pero estamos muertos.
Santiago nos está diciendo que no sirve de nada decir un poco de cosas y hacer otro poco de actividades si no nos duele el prójimo; y si a ti no te duele el prójimo es porque a ti no te ha dolido tu pecado delante de Dios, ¿eres consciente de que tú deberías estar muerto en la cruz en vez de Cristo? ¿Te ha dolido eso? Te duele lo que te hace todo el mundo, pero no te duele toda la inmundicia que tú le has tirado a Cristo por la cara.
Cuando remodelamos la parte de atrás del altar, algunas personas levantaron su voz de protesta, ¿Y… LA CRUZ?????, se levantaron en críticas y juzgamientos: ¡cómo quitan la cruz, si es un ícono del templo, si era lo más hermoso que tenía el lugar, no se dieron a la tarea de preguntar, sino que hicieron comentarios de pasillo que hacen daño.
Yo pensaba que lo más hermoso que IFRAN tenía era la doctrina y el respeto profundo por la palabra escrita de Dios, mis amados, la cruz no es un producto o un elemento decorativo, la cruz es lo que tú y yo llevamos cada día.
La Biblia dice en Mateo 10:38 y en 11: 28-29
Somos una generación de víctimas, todo el mundo nos hace, nos debe, nos quita, nos ataca, pero yo te digo: “que mientras tú no vayas a la cruz y aceptes que eres culpable de tu condición y no otros”, entonces nunca tendrás un encuentro con el Cristo que salva, y entonces tú estás muerto.
UNA EXPERIENCIA REAL FRENTE A LA CRUZ
Entonces, esa fe que se queda en una mera credulidad está muerta, no sirve, porque no produce efectos transformadores en nadie. Muchos cristianos se quedan contemplando la cruz, pero no van a ella, no traen sus obras a la luz de la cruz, porque no quieren quedar en evidencia.
Si tú eres un cristiano que piensa que tu condición es culpa de los demás y que estás en determinada condición por culpa de otro, es porque tú no has estado delante de Dios y no has experimentado su gracia, y esa fe sin el contenido de la obra de la cruz en tu vida hace que seas un cadáver que cada vez se seca más y muere hasta la putrefacción del pecado.
Debes entender que tu fe en un Dios inerte, es decir sin comprender y vivir la experiencia de la cruz es una fe muerta, que no tiene vida, que te va a llevar a la muerte eterna.
Muchos creyentes se refugian en una u otra cosa, muchos se jactan de todo lo que creen de Dios y otros se jactan de todo lo que hacen en nombre de Dios, de todo lo que hacen para Dios.
Santiago nos exhorta a no ser así, pues si es por creer el diablo cree y tiembla, así que no se trata de qué postura asumir frente a la predicación de Santiago, se trata de tener una experiencia con Cristo y comprender que nadie que tiene una experiencia con el Cristo de la cruz es un simple creyente o un simple activista, No, cuando una persona cimenta su fe en la experiencia real de Cristo, su estilo de vida es transformado en su completitud, es entonces cuando Dios quita tu corazón de piedra y te da uno de carne por el que fluye la sangre que corrió por la cruz por amor a ti.
UNA FE VIVA QUE DA FRUTO EN NUESTRA VIDA
Qué mejor conclusión que la pregunta con la que cierra el texto. Sabes algo, muchos de los que están acá nunca han venido a la cruz porque no quieren admitir que son estériles, piensan y sienten que todo lo que hacen carece de sentido porque no ha tenido una experiencia real con el amor de Cristo en la cruz del calvario.
¡Tú no eres feliz no por otros, o por las circunstancias, NO!!!! Tú no eres feliz porque no has vivido un encuentro personal con Cristo, ese que desprende toda la inmundicia que hay en ti con su preciosa sangre, Cuando te encuentras con Cristo y te humillas como el pecador condenado que eres, entonces recibirás el regalo de su gracia, y entonces tu vida empezará a ser transformada, porque tú ahora comprendes que tu fe no está depositada en un ídolo sino en un Dios de vivos, porque Cristo vive, y si Cristo vive en ti, tu fe está viva, y esa fe viva produce resultados en tu vida, en tu trabajo, en tu familia, y en todo lo que hagas.
Conclusión
Sabes, yo hoy quiero invitarte a que vengas a la cruz, pero no a cualquier cruz, a la cruz de mato 10:38 “el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.”
a la cruz se trae el pecado, se trae un gemido profundo de dolor, se trae un gemido de angustia por haber contristado el corazón de Dios, porque el resto lo hace Cristo, deja el temor, el miedo, deja de ser la víctima, debes hacerte responsable de tus actos delante de Dios, para que tu fe sea viva, para que salgas de este lugar y tus obras sean la evidencia de una fe viva, que te transformó, porque viniste a la cruz y asumiste tu culpa delante de Dios.
A muchos nos da miedo el pasado, el pecado, nos aterra vernos inmundos delante de Dios, pero yo te digo hoy que no hay mejor lugar que estar así delante de Dios, porque ahí es donde terminas tú y empieza Él.
Oremos.