Favoritismo: “Marca de un falso creyente”
Introducción
Mis dos últimos años de colegio los hice en un seminario que tenía dos cursos por grado. En
décimo estuve en un grupo donde no se notaban mucho mis falencias de aprendizaje ni mis
problemas de disciplina, sencillamente porque los más «pilos» del colegio estaban en el otro
salón. Pero en once nos mezclaron, y quedé en el mismo grupo con el mejor estudiante de
todo el colegio… que también era de apellido Pérez.
Yo tenía una profesora de matemáticas que me decía: «Señor Pérez, le tengo unas ganas
malsanas», pues yo no solo era despistado y lento para aprender, sino que era muy
indisciplinado, conversador y bromista. Al final de cada periodo, al otro Pérez —por ser el
mejor del colegio— siempre lo eximían de los exámenes finales. Cuando llegaba la clase de
esta profesora y ella leía la lista de eximidos, al nombrar el apellido «Pérez», yo, sabiendo
perfectamente que se refería al otro, pegaba un grito y empezaba a festejar. Ella bajaba la
hoja, me miraba por encima de las gafas y me decía secamente: “Pérez el bueno, señor”.
Hermanos, así exactamente funciona nuestro mundo: nos cataloga como “buenos” o “malos”
basándose únicamente en nuestros logros y capacidades intelectuales. Al mundo no le
importa qué pasa de puertas para adentro en tu casa, qué haces cuando estás solo, o qué
hay realmente en tu corazón. Al mundo solo le interesa que tu apariencia sea agradable, que
seas socialmente aceptable y que brindes «combustible» para que otros envidien esa
aparente vida perfecta.
Pero hoy veremos que el estándar del mundo dista muchísimo del estándar de Dios. Por eso,
el pastor Santiago nos da una bofetada de realidad en el texto que vamos a estudiar hoy,
lanzando una pregunta directa: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?”. Y él mismo
responde: “Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre”.
Santiago nos advierte que existen dos clases de sabiduría: una que desciende de lo alto, de Dios, y otra que proviene de nuestros peores enemigos (el mundo, la carne y el diablo).
Santiago 3: 13-18
1. LA PRUEBA DEL SABIO Y ENTENDIDO
Después de exhortar a toda la iglesia a domar la lengua —usándola para bendecir y no
dejándola desbocar—, Santiago afila su mensaje y apunta a un grupo específico: “los que se
creen sabios y entendidos”. A ellos les lanza un reto directo: “Si de verdad son tan sabios,
pruébenlo con su buena conducta diaria”.
Si lo pensamos bien, esto no parece coherente según los estándares del mundo, donde la
sabiduría se determina únicamente por la inteligencia que alguien posee para entender
ciertos temas y llevarlos a la práctica.
Pero el pastor Santiago, está exponiendo cuales son las evidencias de una persona
verdaderamente sabia:
¡Buena conducta y buenas obras hechas con mansedumbre!
Si lo pensamos bien, esto no parece coherente según los estándares del mundo. Para el
sistema terrenal, la sabiduría se determina únicamente por la inteligencia o por la capacidad
que alguien posee para entender ciertos temas y llevarlos a la práctica. Pero el pastor
Santiago está exponiendo cuáles son las evidencias de una persona verdaderamente sabia:
una buena conducta y buenas obras hechas con mansedumbre.
A primer golpe de vista, esto nos deja una gran conclusión: o le estamos llamando “sabios” a
quienes realmente no lo son, o, nos indica que existen dos tipos de sabiduría. O las dos.
2. LA SABIDURÍA DE NUESTROS 3 PEORES ENEMIGOS
Santiago nos advierte que existen dos clases de sabiduría: una que desciende de lo alto, de
Dios, y otra que proviene de nuestros peores enemigos (el mundo, la carne y el diablo). Y
nos dice que, si nosotros operamos con esa seudo sabiduría, lo vamos a evidenciar
fácilmente porque tendremos en el corazón dos cosas: celos amargos (envidia) y contiendas.
(Observemos cómo Santiago sigue animándonos a examinar nuestro propio corazón).
La envidia o celos amargos, siempre tiene una connotación negativa en la biblia cuando
proviene del ser humano. La envidia es querer lo que es de otro. Es un “anhelo rencoroso e
insatisfecho por las pertenencias, la posición, el patrimonio, los logros o el éxito de otra
persona”.
La envidia es una obra de la carne (Gálatas 5.19-20). Cuando permites que la envidia te
invada, estás violando el décimo mandamiento: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa
alguna de tu prójimo” (Éxodo 20:17). El combustible de la sabiduría de este mundo es
envidiar o producir envidia.
La otra palabra que usa Santiago para exponer “los frutos” de esta seudo sabiduría, es la
contienda. Por la época que estamos viviendo en nuestro país, estamos muy familiarizados
con esa palabra; de hecho, así denominamos lo que está pasando: estamos en una
«contienda electoral». Y este es un escenario perfecto para ver cómo funciona en la vida real
la sabiduría que es diabólica, mundana y carnal (sensual).
Aunque todos los candidatos (el tuyo y el mío) dicen buscar el beneficio de todo el país, lo
que realmente los motiva es un beneficio personal, una aspiración egoísta e individual. No
importa lo que tengan que hacer (desde lo más payaso, como disfrazarse o bailar, hasta lo
más siniestro, como hacer pactos con delincuentes por debajo de la mesa);
no importa con quién se tengan que aliar ni qué tengan que decir. Lo hacen con tal de
cautivar la mayor cantidad de votos posibles para alcanzar esa meta personal y ganarse la
admiración de propios y extraños.
Y miren cómo finaliza el pastor Santiago en el verso 16: “Porque donde hay celos y
contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. Finalmente, cuando lo logran, son
como si un perro alcanzará el vehículo que persigue; no sabrían qué hacer con él. Cuando
logran sus aspiraciones, se estrellan con la realidad que ese logro no satisfizo sus vidas.
Ante este panorama, la pregunta es obligada:
¿Vale la pena tener esa sabiduría?
3. LOS BENEFICIOS DE LA SABIDURÍA QUE VIENE DE DIOS
En contraste, Santiago nos dice que la sabiduría que proviene de Dios es, primeramente,
pura. Es decir, no hay en ella ni un solo milímetro de maldad; es absolutamente santa y, por
lo tanto, es incapaz de producir malos frutos. Y no puede ser de otra manera, porque
proviene de un Dios tres veces santo (deducción meramente académica), en quien no habita
sombra de maldad. Al ser pura, lo único que puede producir son cosas buenas. Como nos
indica Pablo, todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están escondidos en Cristo
(Colosenses 2:3).
Contrario a la sabiduría del mundo, la sabiduría de Cristo se resume en buenos frutos. Y yo
creo que, cuando Santiago describía esta sabiduría, inevitablemente pensaba en Jesús. Tal
vez recordó aquella época en la que él y sus hermanos (a causa de su incredulidad) se
mofaban del Señor y le decían: “Vaya muéstrese y haga los milagros delante de sus
seguidores, aquí escondido no se hará famoso”.
Pero Jesús, que en ese momento evitaba ir a Judea porque los líderes religiosos lo buscaban
para matarlo, no dejó que la ofensa lo desencajara. Respondió a sus hermanos de forma
amable y pacífica: (Juan 7: 6-8 NTV).
“ 6 Este no es el mejor momento para que yo vaya, pero ustedes pueden ir cuando quieran. 7 El
mundo no puede odiarlos a ustedes, pero a mí sí me odia, porque yo lo acusó de hacer lo
malo. 8 Vayan ustedes; no iré al festival, porque todavía no ha llegado mi momento.”
Otro pasaje que demuestra cómo opera esta sabiduría es cuando Juan y su hermano se
enteran de que una aldea de Samaria no quiere recibir a Jesús. Llenos de celos amargos, le
preguntan al Señor: “¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo
Elías, y los consuma?” Y Jesús les reprende diciéndoles: “ 56 Ustedes no saben de qué espíritu
son, 56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino
para salvarlas” (Lucas 9: 51-56).
Hermanos, apliquemos esto a nuestra vida. Hace poco vimos cómo un hombre (seguramente
en un estado de alteración de su conciencia) blasfemó contra nuestro Señor Jesucristo,
hablando desde la concupiscencia de su corazón.
Ante eso usted, ¿lo insultó? ¿Lo resistió en su corazón? ¿Le envió un trino maldiciéndole?
¿Habló mal de él con otros? O más bien, operando con la sabiduría de Jesucristo, elevó una
oración intercediendo por ese hombre, diciendo: “Padre, perdónalo porque no sabe lo que
hace, por favor tráelo al arrepentimiento”
El Señor nos dice así: “ 23 «No se gloríe el sabio de su sabiduría, Ni se gloríe el poderoso de su
poder, Ni el rico se gloríe de su riqueza; 24 Pero si alguien se gloría, gloríese de esto: De que
me entiende y me conoce, Pues Yo soy el Señor que hago misericordia, Derecho y justicia
en la tierra, Porque en estas cosas me complazco», declara el Señor.” (Jeremías 9: 23-24).
¿De qué nos sirve saber tanto acerca de Dios, si nuestro conocimiento nos envanece y nos
hace menospreciar al que supuestamente no tiene “nuestra madurez”?
Actualmente, estamos formando a nuestros líderes en los fundamentos de nuestra
declaración de fe. Mi ruego constante al Señor es que IFRAN sea un espacio seguro. Un
lugar donde nuestros hermanos puedan desaprender con gracia aquellas doctrinas erradas
que traen de otras denominaciones.
En el reino de Dios no aplica el dicho de que «la letra con sangre entra», ni la excusa de «no
importa cómo se diga, sino lo que se dice». Las formas importan muchísimo. La sabiduría
que proviene de Dios es amable, condescendiente y llena de misericordia.
Hermanos, esta sabiduría no está reservada para unos pocos; está al alcance de todos.
Como nos enseña la Escritura, ella clama en las calles, alza su voz en las plazas y nos hace
una invitación constante: que la busquemos con la misma pasión con la que buscaríamos un
tesoro escondido. (Proverbios 2:4).
Dios la da generosamente a quienes se acercan con el principio fundamental: el temor del
Señor (Proverbios 1:7). Un temor que nos hace reconocer a ese Dios Omnipotente,
omnipresente y omnisciente. Soberano, que nos hace estar frente a Él y temblar, pero a la
vez maravillarnos de su majestad y regocijarnos en su amor y bondad.
Contrario a los necios de este mundo que dicen en su corazón “No hay Dios” (Salmos 53:1) y
demuestran la depravación humana,
la sabiduría celestial es para aquel que Dios ha alcanzado, regenerado y hecho nacer de
nuevo por su Espíritu Santo. Todo esto con un gran fin: que el creyente comprenda el
propósito por el cual Dios lo creó, lo perdonó y lo acercó a Él a través de Jesucristo, en quien
están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.
Conclusión
¿Te pasa a veces que vas de error en error? A mí me pasa. Y he descubierto que la razón
principal es porque me apoyo en mi propia sabiduría y no en la de Dios; no le consultó, sino
que voy actuando según mi propio entendimiento. Como vimos hoy, esa sabiduría «natural»
o «anímica» nos atrae fácilmente porque está diseñada a la medida de nuestra naturaleza
caída; aguza nuestros sentidos y alimenta nuestros propios deseos egoístas.
Por ejemplo, cuando tienes dificultades, ¿a quién acudes primero? ¿A los consejeros del
mundo, que te hablan desde esa sabiduría terrenal? ¿O haces lo que el mismo Santiago nos
enseñó en el capítulo 1, pidiendo sabiduría a Dios, “el cual da a todos abundantemente y sin
reproche”?
Y es que cuando se evidencian los malos resultados de mi propia sabiduría, ahí sí levantó el
rostro y clamó por auxilio al Señor. Y Él, con una misericordia indescriptible, me levanta, me
limpia y me vuelve a poner en el camino correcto (Proverbios 3:5-7).
Hermanos, pedirle a Dios su sabiduría es la prueba de una vida regenerada por su Espíritu.
Sin embargo, esta sabiduría no se conserva en automático; si no permanecemos en Dios,
corremos el riesgo de perderla en la vida práctica. La Biblia está llena de ejemplos dolorosos.
Pensemos en Adán, quien al decidir desobedecer, perdió esa sabiduría, desechando la
verdad de su Creador para abrazar la mentira del diablo.
Salomón, quien tras empezar a disfrutar de los beneficios de la sabiduría celestial, olvidó de
quién provenía, se dejó envolver por la vanagloria y le dio rienda suelta a sus deseos.
Desviarnos de la verdad es muy fácil. Solo si nos mantenemos firmes y arraigados en el
Señor podremos llevar una vida que exprese la verdadera sabiduría de Dios.
Cuando Jesús terminó su Sermón del Monte, lo resumió de esta manera: “ 24 Por tanto,
cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre
sabio que edificó su casa sobre la roca; 25 y cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los
vientos y azotaron aquella casa; pero no se cayó, porque había sido fundada sobre la roca.”
(Mateo 7: 24-25).
IFRAN, mi oración es que hoy salgas de este servicio con la firme resolución de cimentar tu
vida sobre la Roca que es Jesucristo, la fuente de toda sabiduría. No dejes que tu vida se
derrumbe bajo las tormentas del orgullo y la sabiduría terrenal.