Iglesia Familiar de Restauración: IFRAN Bogotá Norte
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Palos torcidos en una iglesia unida

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Introducción

Imagina por un instante que estás escalando una montaña nevada, muy alta y peligrosa. El viento sopla muy fuerte, el frío cala hasta los huesos y el camino es traicionero. En el alpinismo hay un concepto llamado «la cordada». Es un grupo de escaladores que caminan juntos, unidos físicamente por una misma cuerda de seguridad llamada cuerda de escalada.

Si alguno se resbala, los demás pueden soportar el peso para que no caiga al vacío, si otro se debilita, puede sentir el tirón de los que van adelante y lo alienta a seguir. La cordada es un sistema donde la vida de un alpinista depende de la vida del otro; la satisfacción de llegar a la cima no es individual, es compartida. Todos llegan o nadie llega.

 

Iglesia, en el texto bíblico que hoy vamos a profundizar y exponer encontramos al apóstol Pablo en una situación muy grave, crítica, él no se encuentra en un lugar de disfrute bajo un día soleado en la playa disfrutando de un gran paisaje sino está en un valle oscuro, de muerte, pero en medio de esa oscuridad, Pablo siente el «tirón de esa cuerda», la fuerza de la cordada.

A veces, en la vida de la cultura moderna y de la iglesia moderna, corremos el riesgo de ser solo «asistentes» a un evento de domingo o sólo espectadores que nos sentamos en sillas separadas sin una conexión genuina, pero el texto de hoy viene a destruir ese riesgo. 

Hoy Dios quiere recordarnos que debemos cambiar nuestra mentalidad de «asistentes» a «socios» bajo un gozo indestructible, que no nace de que todo nos salga bien sino de cuidarnos unos a otros sin esperar que ocurra un evento trágico para reaccionar. 

Hoy veremos, que esta, la iglesia que somos, IFRAN, está llamada a una participación en el avance del evangelio y que juntos podemos llegar a ser una iglesia unida bajo un propósito supremo: que nuestro amor abunde más y más, pero no un amor ciego sino uno cargado de verdadero conocimiento y discernimiento moral.

Hoy les invito desde lo más profundo de mi corazón a que abran el suyo porque Dios nos invita a atarnos a Su cuerda, a ser participantes verdaderos de la gracia para que el día en que Cristo regrese, tú y yo seamos hallados, puros, irreprensibles y llenos del fruto de justicia.

Hoy, Dios quiere cambiar nuestra mentalidad de «asistentes» a «socios»

Filipenses 1:1-11

Para que podamos entender la profundidad de este mensaje, debemos ubicarnos allí mismo en la celda de Pablo que, lo más probable es que fuera un calabozo, un hueco subterráneo con escasa o poca luz. Él se encuentra en Roma, entre los años 60-62 y este encarcelamiento está descrito en Hechos 28. Filipos fue la primera iglesia fundada en Europa, años antes por el mismo Pablo.

Mientras tanto, Filipos, era una colonia romana, donde parte de su población estaba conformada por soldados romanos retirados, una ciudad donde sus habitantes vivían orgullosos de su ciudadanía romana, de su estatus político porque estaban exentos de impuestos y tenían derecho al debido proceso en las cortes romanas.

Donde el culto al César era muy fuerte que, dicho sea de paso, era el sangriento y temible Nerón. El hecho de que Filipos fuera una ciudad con indebatible devoción especial por el Emperador, hace que, por un lado, sea más relevante la conversión de un grupo de gentiles dentro de esta ciudad y su participación en el evangelio, pero, por otro lado, también los ponía en el foco de las más feroces persecuciones de parte de sus conciudadanos paganos y, a la vez, tenían presiones ante falsas enseñanzas. 

Esta carta, rebosa de gozo y de gratitud, por la forma en que Dios estaba haciendo Su obra en los Filipenses y por la relación de gran afecto que tiene Pablo por la iglesia de Filipos y que ellos correspondían muy bien con gestos como la ofrenda que le habían enviado a través de Epafrodito. Pablo, entonces agradecido, les envía esta carta que inicia con una nota de agradecimiento que no sólo es por la ofrenda sino, por el cuidado que tienen de él y su participación en el evangelio. 

Pablo recluido en este calabozo con sentencia de muerte dice en el versículo 4 Pido siempre con gozo en cada una de mis oraciones por todos ustedes. Nota que su gozo no dependía de su libertad física sino de la constancia y cuidado de sus hermanos Filipenses. La iglesia, IFRAN, no es un edificio, sino piedras vivas, no es un club social, donde pagamos una cuota para recibir servicios, sino una familia donde nos comprometemos a cuidarnos fielmente unos a otros. 

Pero ¿cómo participaba la iglesia de Filipenses en el evangelio? Es más, ¿cómo Pablo evidenciaba que este grupo de personas, a más de 1.100 kilómetros de distancia participaban proactivamente en el evangelio?

IFRAN, la iglesia está diseñada milimétricamente por Dios, diseñada para operar como un cuerpo vivo que respira, que siente y que sobre todo está unificado. Pablo y los Filipenses, a pesar de sus propias circunstancias disfrutaban de un gozo profundo nacido del cuidado y la unidad que existía entre ellos.

Y para esto, los Filipenses desarrollaron un amor que no solo era emocional, sino que era muy inteligente, el desarrollo de un amor del que Pablo oraba para que abundara cada vez más, un amor con propósito.

Pero abordemos una palabra que tiene que ver con el desarrollo de este tipo de amor y que escuchamos mucho en la iglesia y que a veces damos por entendida: Koinonía, que significa «comunión», en su significado ligero. Koinonía es la palabra griega que Pablo usa cuando dice en el versículo 5 «por su participación».

En la iglesia moderna decimos «comunión» o «koinonía» y es fácil imaginar a un grupo tomando café y comiendo galletas o en una reunión social de integración o de socialización y, por supuesto que esto es algo que debe suceder y se deben seguir estimulando estos espacios de socialización interministeriales y entre miembros dentro de la iglesia, pero lo fascinante al observar el peso de la intención de Pablo al usar esta palabra (koinonía) es que va mucho más allá de esa noción de simple compañerismo social. 

Su significado es mucho más profundo: significa «sociedad», «colaboración», significa que «compartimos algo en común», denota una «asociación profunda». 

Hoy, Dios quiere cambiar nuestra mentalidad de «asistentes» a «socios» porque la comunión no es sentarse a mirar de forma pasiva, es remar juntos con un nivel altísimo de coordinación y esto requiere esfuerzo, sí, pero todo nace de un vínculo de amor, no es una participación activa vivida como carga extenuante sino sentida como una fuente de alegría.

No consiste en esperar que haya una crisis devastadora o esperar al incendio, no se trata de movilizar a toda la iglesia solo cuando alguno de sus miembros termina en un hospital o enfrenta una tragedia familiar, no, el gozo inagotable viene del interés diario, de compartir la vida de manera ordinaria.

Es la tranquilidad inmensa de saber que hay una comunidad entera cubriendo nuestra espalda todos los días. 

Ahora, por supuesto que las relaciones humanas son bastante complejas. Si nos involucramos tan profundamente en la vida cotidiana de los demás, los roces son inevitables y pensar lo contrario sería ingenuo. 

De hecho, hay una ilustración de un puritano llamado Thomas Watson que captura esta fricción de manera brillante. Él dijo que intentar formar una comunidad con seres humanos es como intentar apilar un montón de palos torcidos porque todos llegamos a la iglesia con nuestros propios defectos, con pasados complicados y con personalidades que a veces simplemente no encajan. Si intentamos apilar palos torcidos por sí solos, la estructura es inestable, se caen, se resbalan, se empujan unos a otros. No hay forma de que se mantengan juntos por simple gravedad.  

Pero Watson también señala que esos mismos palos son muy fáciles de transportar si están fuertemente amarrados por una cuerda… y esa cuerda es el amor. Somos palos torcidos y nuestras personalidades no siempre encajarán a la perfección, pero es el amor cristiano el que nos permite mirar más allá de los defectos de la otra persona y mantenernos unidos en el Espíritu.

Pedro dice que el amor cubre multitud de pecados y en Colosenses 3, el mismo Pablo nos dice que nos vistamos de amor que es el vínculo perfecto.

Pero los versículos 7 y 8 son poesía pura, se desborda de un entrañable afecto y amor por los Filipenses. De hecho, cuando escribe «entrañable amor» se refiere a las entrañas, las vísceras, la sede de las emociones más profundas. 

Este es el tipo de amor que no espera a que ocurra una tragedia para activarse, es un amor proactivo. Al formar parte de una iglesia como IFRAN tú y yo asumimos el compromiso de velar por los demás, no como una carga sino como una consecuencia de nuestra unión con Cristo. Si eres miembro de IFRAN el dolor de quienes te rodean hoy debe ser tu dolor y sus victorias son tus victorias.

Ahora, ¿cómo logramos que esa cuerda amor no se rompa por la tensión de nuestras torceduras? Se requiere una intervención profunda iglesia. No basta con un esfuerzo psicológico por tolerar al otro.

Jonathan Leeman aporta una visión fascinante usando un lenguaje médico moderno. Él argumenta que la palabra de Dios opera dentro de la comunidad como una especie de terapia de reemplazo de ADN. El argumento central de Leeman es que la naturaleza humana viene desde la caída con una mala codificación de fábrica al nacer.  

Estamos programados para el egoísmo, la autoprotección y el orgullo, pero cuando la iglesia se congrega y se expone constantemente a la palabra de Dios, esa verdad actúa como una terapia génica, que va reemplazando la información. 

Poco a poco reemplaza el ADN defectuoso del orgullo con una nueva codificación basada en la gracia, reprograma las reacciones automáticas de los miembros y es esa nueva codificación la que verdaderamente sana las relaciones, fomenta el perdón rápido y crea una unidad sobrenatural que hace que el amor abunde superando las incompatibilidades de esos palos torcidos. Es una transformación desde la raíz misma.

Y en la oración del apóstol Pablo en los versículos del 9 al 11, vemos el propósito directo de esta «terapia de ADN» y de la unidad de la iglesia. El deseo es que el amor de nuestra iglesia IFRAN abunde aún más y más, pero el pasaje añade un requisito que francamente va en contra de la corriente de nuestra época porque establece que este amor abundante debe ir acompañado de conocimiento verdadero y de todo discernimiento moral.

 Y este es un punto clave porque desafía por completo los paradigmas de la cultura contemporánea porque en nuestra sociedad, la definición de amor se ha reducido a sentimientos puramente románticos, a una tolerancia absoluta que, valida cualquier decisión sin importar las consecuencias, pero el amor perfecto, el ágape, tiene una naturaleza distinta. No es ciego ni ingenuo sino un amor supremamente inteligente.

El conocimiento por sí solo genera arrogancia si no está moderado por el amor, se convierte en orgullo intelectual, pero al mismo tiempo, el amor necesita desesperadamente del conocimiento profundo y del discernimiento para operar de forma segura.

Piensa en esto como un gran río, una fuerza poderosa que necesita las riberas sólidas de la Tierra para dirigir el agua, si le quitas las riberas, ese mismo río de amor se desborda y causa un desastre. Un amor sin discernimiento moral puede terminar tolerando o facilitando actitudes que en realidad son muy destructivas para la otra persona y al final, para toda la iglesia.

Pero ¿para qué se requiere un nivel de discernimiento tan agudo en la iglesia? ¿Sólo para no pecar?

El propósito primordial de este discernimiento no es simplemente distinguir entre lo que es bueno y lo malo porque incluso el diablo y las fuerzas malignas poseen la inteligencia suficiente para saber qué es el bien y qué es el mal. Saber esa diferencia básica no es un indicador de madurez profunda.

Lo que realmente demanda madurez es la capacidad de escoger lo realmente importante, es decir, poseer la agudeza moral para identificar lo excelente frente a un océano de opciones que simplemente son aceptables, entre lo bueno y lo excelente.

 Y desarrollar esa capacidad para enfocarnos en lo verdaderamente excelente es indispensable, porque cuando logramos articular todo esto, descubrimos que hay un gran objetivo final. No estamos construyendo comunidad solo para tener un lindo grupo social los domingos.

El propósito de cultivar esta unidad y este amor discernidor es que los creyentes sean hallados puros e irreprensibles cuando Cristo regrese. Todo apunta a ese día, toda la dinámica es una preparación activa para ese encuentro definitivo.

Pero, claro, si somos completamente honestos, la exigencia de mantener un amor tan puro y de participar activamente sin cansarnos suena a una carga imposible de llevar sobre hombros humanos. Permíteme ilustrarlo para que sueltes esa carga: si entras al taller de cualquier escultor humano, es muy probable que encuentres un rincón lleno de obras inacabadas, lienzos a medio pintar, bloques de mármol a medias, pero cuando observamos el gran taller de Dios, la realidad es diametralmente opuesta: en su taller no hay obras a medio terminar.

La promesa inquebrantable del verso 6 es que el Dios que comenzó la buena obra en la iglesia tiene el poder infinito para perfeccionarla hasta el día de Cristo porque Él garantiza su culminación perfecta y esa garantía cambia por completo nuestra actitud. Nos permite debernos a los demás sabiendo que el resultado final está asegurado, nos quita un gran peso de encima.

La existencia de una comunidad unida en amor, una comunidad con trasfondos tan diversos que bajo la lógica humana jamás se habrían sentado juntos, se exhibe ante el mundo como la prueba definitiva de la infinita sabiduría de Dios.

Pero lo más impactante es que esto es tan contundente que la multiforme gracia de Dios se da a conocer ahora «por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales», Efesios 3:10, es decir, no sólo se exhibe ante el mundo incrédulo, sino que los ángeles santos y los perversos aprenden acerca de la sabiduría de Dios por medio de la iglesia. 

Conclusión

Si Pablo escribiera una carta a nuestra iglesia hoy, ¿qué podría decir de nosotros? ¿Qué podría decir de ti? ¿Que eres un socio en el evangelio o simplemente un consumidor de servicios religiosos?

Hay una diferencia abismal entre asistir a la iglesia y ser iglesia. Hoy es momento para que empieces a romper con el cristianismo superficial, basta de un amor sentimental que tolera el pecado, basta de una ortodoxia fría que no llora con el que llora. Necesitamos un amor inteligente que sepa discernir lo que es mejor. 

Si estás en conflicto con alguien de aquí mismo, de la iglesia: ¿vale la pena tener la razón a costa de la unidad del cuerpo? Si estás cómodo, ¿estás dispuesto a incomodarte para involucrarte en el dolor de tu hermano? La iglesia es la manifestación visible del Reino de Dios y si fallamos en amarnos aquí, fallamos en mostrar a Cristo al mundo.

Puedes sentirte abrumado, mirar tu propio corazón y ves las fallas, la debilidad, el pecado, pero aquí está el consuelo más dulce: el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará, Él no te abandonará no te deja en derrota o a mitad de camino porque Él está comprometido con tu santidad más que tu mismo. 

El día de Cristo se acerca y seremos revelados tal cual somos así que si has estado viviendo un cristianismo solitario, hoy es el día para atar tu cuerda a la de esta familia que tienes. La membresía es un compromiso de pacto y si has estado amando sin discernimiento, pide hoy a Dios ese conocimiento y discernimiento profundo para amar como Cristo ama.

No salgas hoy de aquí como parte de una multitud que escuchó un discurso sino como parte de una colonia que tiene ya su ciudadanía en el cielo, lleno del fruto de justicia, no para tu fama sino para la gloria y la alabanza de nuestro Dios.

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Gildardo Marín Galvis Predicador

Palos torcidos en una iglesia unida

📖Filipenses 1:1-11

🗓01 de Marzo de 2026