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¡Paciencia y paciencia: Cristo vuelve!

Introducción

Preparando esta exposición, recordé mi primera cita con una joven que me gustaba mucho y que luego se convirtió en mi esposa. Nos quedamos de encontrar a una hora determinada en la fuente de la entrada principal del centro comercial Unicentro, y tuve que esperar casi dos horas, pensando todo ese tiempo si me había dejado plantado o si le había pasado algo. ¿Si iba a llegar? En esa época, aunque ya existían los celulares, eran inalcanzables para dos estudiantes de universidad pública. Así que solo me quedaba esperar con paciencia. En mi  caso, intenté irme más de dos veces, pero más me pudo el gusto que sentía por ella; y cuando llegó toda arregladita, como si fuéramos a ir a un sitio super especial (y yo solo tenía para invitarla a jugar ping-pong) y se disculpó con un beso, yo me dije: «valió la pena la espera».

 

Seguramente, si hubiera sido en estos tiempos, nos hubiéramos podido chatear por WhatsApp y, con un audio o un par de emoticones, nos habríamos comunicado y pospuesto la cita para otro día o momento. Y mientras ella llegaba, yo me hubiera ido a realizar otra actividad. Porque esa es nuestra sociedad actual, una sociedad que no está acostumbrada a esperar y que no es capaz de sostener la concentración en una sola actividad. Hoy en día, ¿quién piensa dos horas en una persona y en todas las posibles variables de lo que pudo causar su demora? Nadie. Si no llegó al minuto y no contestó el celular, se le deja un mensaje y ¡a otra cosa, compañero!

 

Las comodidades de una vida moderna y tecnológica nos han ayudado a cultivar la impaciencia. Hoy todo lo queremos ya: comida rápida, internet de alta velocidad, pedidos que no queremos que lleguen mañana, sino «hoy mismo». Hasta ahorramos palabras para escribir: ya no decimos «por qué», sino que es una “x” acompañada de una “q” y un apóstrofo. Siempre me pregunto, ¿qué hará con ese segundo que se ahorró el que me mandó ese mensaje? O peor, las respuestas son con emoticones o stickers. ¿Por qué dejamos de comunicarnos con palabras?

Le he dicho a mi esposa: el día que Dios me permita pensionarme o cambiar de actividad, regaló el celular que tenga en ese momento y me compro un Nokia 1100. 

Quien me necesite, que me marque, y solo miraré WhatsApp cuando llegue a la casa y por solo 15 minutos… Como dice el dicho: «una cosa es lo que piensa el burro…».

Vivimos en una sociedad invasivamente hiperconectada, donde se toma como grosería si te escriben por WhatsApp y tú te demoras en contestar más de cinco minutos, como si fuera obligación soltar lo que estás haciendo y comenzar una conversación con quien escribe. 

¡¡Si quieres ejercitar la paciencia, escríbele al pastor César o a mí!!

Y de paciencia, pero también de longanimidad, nos va a hablar hoy el Señor a través de esta carta de Santiago que venimos exponiendo.

nuestra esperanza va mucho más allá; nuestra esperanza está en Jesús, en el Rey que viene.

Santiago 5:7-11

  1. Por tanto

El texto comienza con un conector fundamental: “Por tanto”. Esta pequeña frase nos indica que el mensaje que estamos por leer está directamente vinculado al texto que predicó el Pastor Cesar el domingo anterior. Un mensaje confrontador donde nos recordó que Dios no condena el dinero en sí, sino la forma injusta y egoísta en que algunos lo obtienen y lo usan. Vimos cómo el pastor Santiago denuncia enérgicamente a quienes acumulan riquezas inútilmente, retienen el salario de sus trabajadores por engaño, viven en deleites desenfrenados y oprimen al inocente. El corazón de esa predicación fue una verdad ineludible: los clamores de los defraudados han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos, y esa riqueza también será juzgada

Es precisamente en medio de este escenario de abuso e impotencia donde Santiago vuelve su mirada hacia los hermanos que sufrían bajo esa opresión. Ya que Dios es el Juez justo que ha visto cada lágrima y ha escuchado cada clamor, el llamado para la iglesia no es a tomar la justicia por su propia mano ni a caer en la desesperación, sino a aguardar con paciencia la venida del Señor Jesucristo.


  • Sean pacientes hasta la venida del Señor:

El pastor Santiago nos conmina a ser pacientes. Desafortunadamente en nuestra traducción al español no se nota la diferencia, pero la paciencia de la que habla aquí Santiago es diferente a la paciencia de la que nos habló en el capítulo primero.

Esta paciencia es la misma de la que el apóstol Pablo nos dice en Gálatas que hace parte del fruto del Espíritu Santo. Esa palabra en el idioma original (makrothumia), en algunas partes traducida por la Reina Valera como longanimidad.

La longanimidad, es ejercitar paciencia en medio de la oposición, en medio de la adversidad. De modo que seamos capaces de controlar nuestras emociones, pensamientos, decisiones y acciones. Controlando la ira, obrando en amor a pesar de la oposición. O como lo definió Crisóstomo: “Es el espíritu que podría tomar desquite si quisiera, pero que rechaza de plano hacerlo” 

Y esto es exactamente lo que Santiago nos pide hoy: paciencia en medio de la adversidad. Pensemos en la injusticia que vivían estos hermanos bajo la opresión de los ricos; aquellos mismos de los que Santiago hablaba en el capítulo 2 cuando les cuestionaba los favoritismos hacia ellos:

 ¿No son los ricos los que los oprimen y personalmente los arrastran a los tribunales? (Santiago 2:6b). En el capítulo 5 les dice, ante esa injusticia y maltrato; longanimidad.

¿Estás pasando por dificultades? ¿Estás siendo tratado injustamente? Longanimidad

 

Ahora bien, si Santiago no nos hubiera mandado a tener longanimidad «hasta la venida del Señor», nos habría condenado a buscar un sentido puramente humano para ese autocontrol. Habríamos terminado como los antiguos filósofos estoicos, buscando una imperturbabilidad y la autorrealización, para encontrar la felicidad momentánea y la paz interior. Pero no, nuestra esperanza va mucho más allá; nuestra esperanza está en Jesús, en el Rey que viene. 

El mismo Señor nos advirtió sobre esto en sus parábolas. Y tal vez, Santiago alude aquí a lo que leemos en Lucas 12. Donde Jesús llama bienaventurado al mayordomo fiel que el amo lo encuentre haciendo lo bueno a su regreso. Pero en cambio leemos en los versos 45 y 46: “45Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, 46vendrá el señor de aquel siervo en día que este no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles.”.

Mis hermanos no podemos vivir como si no hubiera mañana. Así viven los de este mundo, pero nosotros no podemos ser así. Es como el apóstol Pablo exhortaba a los Corintios: y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes.” (1 Corintios 15:14) y en el verso 19 añade: “Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima”.

 

IFRAN, si Cristo no hubiese vencido a la muerte en la cruz con el poder de la resurrección y no tuviéramos la promesa de su regreso, entonces estaríamos perdiendo el tiempo aquí. Porque para buscar solo la “autorrealización”, no vale la pena tanto esfuerzo; mejor sería decir: “……Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos.” (1 Corintios 15:32). Pero gracias a Dios, nuestra esperanza trasciende esta vida; algún día nos reuniremos con nuestro Señor, ya sea porque Él venga por nosotros o porque nosotros vayamos a Él. Es precisamente fundamentados en esta realidad que Santiago nos exhorta a perseverar con longanimidad aun cuando somos tratados de forma injusta.

 

  1. El ejemplo del agricultor:

Para que entendamos esto, Santiago nos ilustra esta longanimidad con el ejemplo de un agricultor. Pero no pensemos en un agricultor moderno, sino en uno de la Palestina del primer siglo: 

Imaginen la escena: debido a los intensos veranos, la tierra quedaba dura y reseca. El campesino dependía totalmente de las lluvias de otoño, conocidas como la «lluvia temprana», que eran indispensables para ablandar la tierra antes de poder arar y sembrar. Y luego, debía seguir esperando las lluvias de primavera, o «lluvia tardía», que eran vitales para el desarrollo de la espiga. De hecho, un proverbio campesino de la época decía: «Una lluvia en abril vale más que un arado y una yunta de bueyes».

Ahora bien, hermanos, Santiago no puso este ejemplo agrícola para que hoy vengan falsos pastores y apóstoles a enriquecerse con cuentos de «pactos» y teologías de «semillas». ¡Para nada! Lo hizo para mostrarnos cómo opera la soberanía de Dios y nuestra dependencia absoluta de Él.

En la agricultura de Israel no había sistemas de riego sofisticados; se dependía exclusivamente del cielo. El agricultor hacía su parte (arar y sembrar), pero el resultado final estaba totalmente fuera de su control. Por eso, la paciencia bíblica no es «hacer nada», es depender de Dios

Así como el agricultor espera con paciencia su valiosa cosecha, confiando su siembra a las manos soberanas del Señor, nosotros debemos afirmar nuestros corazones tomando la firme determinación de no cansarnos. 

 

Pablo nos dice en Gálatas 6:9 (NTV): “Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos.. Es una promesa, pero tiene una condición: no darnos por vencidos. No nos cansemos de hacer lo bueno, aun cuando veamos que el malo prospera y parece salirse con la suya. Recordemos lo que el mismo Santiago nos advertía en los versículos anteriores sobre los ricos opresores: solamente están engordando sus corazones para el día de la matanza.


  • Fortalecer el corazón, porque la venida del Señor está cerca:

Al igual que a los receptores originales de esta carta, a nosotros también nos invaden las dudas y el cansancio. Por eso, esta orden en voz activa es directamente para nosotros: ¡Fortalezcamos el corazón! Esto significa no desmayar, estar preparados para todo y aguantar hasta cruzar la meta. Saben bien que la vida cristiana no es una carrera de cien metros, sino una maratón de largo aliento. No se trata solo de cómo se comienza, sino de cómo se termina. Como me decía mi papá: “En Cristo, todo es cuestión de tiempo”

 

Pero surge una gran pregunta: ¿Cómo fortalecemos este corazón, sabiendo que es tan engañoso y que se mueve al vaivén de las circunstancias? Definitivamente, no es como decía aquella canción que dice: “Yo no confío con la mente, lo hago con el corazón”. ¡Todo lo contrario!. Afirmamos nuestros corazones cuando renovamos nuestra mente por medio del estudio de la Palabra de Dios, la oración constante y la obra de su Espíritu en nosotros. Afirmamos nuestros corazones cuando soportamos con paciencia las pruebas de nuestra fe, como nos enseñó Santiago al principio de la carta. 

Afirmamos nuestros corazones cuando mantenemos la vista puesta en ese galardón incorruptible del que nos habla el apóstol Pablo.

 

Iglesia IFRAN, pongamos la mira en las cosas de arriba, Tal como nos exhorta Pablo en (Colosenses 3: 1-2) “Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.”. 

Que si va a ganar el candidato de la extrema izquierda, que si va a ganar el de la extrema derecha, o el del “extremo centro”… ¡Eso no nos debe perturbar! Nada de eso nos robará la paz si ponemos la mirada en la roca inconmovible que es Cristo Jesús. De lo contrario, viviremos en un eterno sube y baja de emociones, llevados de aquí para allá según las circunstancias que el mundo nos plantea.


  • Dejen de lado la “quejabanza”: 

La “quejabanza” fue un término que le escuchaba seguido al pastor que le dio los primeros rudimentos de la vida cristiana a mis padres. Y la usaba cuando escuchaba a alguien decir: “pobrecito yo”, “me toca tan duro”, “la culpa no es mía, sino de este”. Y al leer este verso, me imagino al pastor Santiago, exhortando a la iglesia, pidiéndoles que dejen de hacer de la queja un modo de alabarse y buscar que los demás le tengan lastima.

La queja es pecado hermanos y el juzgar a los demás también. No nos corresponde a nosotros tomar justicia por mano propia. Como nos dice el apóstol Pablo: “Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios, porque escrito está: «Mía es la venganza, Yo pagaré», dice el Señor. «Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber, porque haciendo esto, carbones encendidos amontonarás sobre su cabeza»”. (Romanos 12:19-20).

Seguramente el pastor Santiago, retoma la enseñanza del Señor Jesús cuando en el sermón del monte nos advierte a no convertirnos en jueces de otros, para no ser juzgados por el Señor y como si somos duros con ellos, Dios será igualmente duro con nosotros. 

Solo hay un juez justo, que conoce y sopesa las intenciones del corazón y ese es Dios. A nosotros no nos corresponde tomar la posición de Dios.


  • Aprendiendo de los profetas:

Lo que nos corresponde es soportar con longanimidad, así como lo hicieron los profetas que hablaron en el nombre del Señor. ¿Cómo quién? Bueno quiero traer el caso de Jeremías. 

Al profeta Jeremías, Dios lo llamó a predicar el mensaje más impopular posible: el juicio inminente y la rendición ante Babilonia. 

Fue catalogado de traidor a la patria. Fue golpeado, puesto en el cepo para burla pública (Jeremías 20:2) y, en uno de sus peores momentos, fue arrojado a una cisterna llena de lodo para que muriera de hambre (Jeremías 38:6). Experimentó una aflicción emocional tan profunda que maldijo el día en que nació.

 

Predicó fielmente durante más de 40 años bajo el reinado de cinco reyes distintos (Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías) sin ver un solo avivamiento masivo. Como Dios se lo había mostrado en el capítulo 31, verso 33: “«Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días», declara el Señor. «Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo.” (Jeremías 31:33) Jeremías nunca vio el “éxito” ministerial según los estándares del mundo. 

 

A pesar de todo lo que estaba viviendo, Jeremías mostró una tremenda longanimidad. En el capítulo 20, lo vemos desahogándose delante del Señor —el único ante quien realmente debemos derramar nuestra alma—. 

Con absoluta honestidad, le expresa a Dios que se siente sobrepasado por el llamado; le dice que el Señor fue más fuerte que él, que lo venció para que predicara, y ahora ha quedado en ridículo siendo el hazmerreír de todos. Como solo es portador de malas noticias y de juicio, el profeta confiesa que llegó al punto de querer callar y no volver a hablar en Su nombre. Sin embargo, testifica que la Palabra de Dios se volvió como un fuego ardiente metido en sus huesos; hizo todo el esfuerzo por contenerlo, pero le fue imposible. Y es justo aquí, en el verso 10, donde Jeremías le cuenta al Señor qué era lo que escuchaba a su alrededor y por qué sentía tanta presión para abandonar el mensaje: 10Porque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza. 11Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada.”

Eso es sufrir con paciencia, con la mirada puesta en el Señor y no en las circunstancias.

Y así nos dice Santiago que seamos, como Jeremías, O como Óseas, o como Isaías que predicó fielmente durante más de 60 años, bajo cuatro reyes distintos, sabiendo desde su primer día de ministerio que la gran mayoría de sus oyentes lo ignorarán y que la nación iba rumbo a la destrucción. Predicar toda una vida cuando Dios mismo te advirtió que no te van a escuchar requiere una longanimidad sobrenatural.


  • Longanimidad y Paciencia:

Les había comentado que en el original hay dos palabras para definir paciencia y por tanto no son lo mismo. Ya vimos la definición de makrothumía. 

Ahora vamos a ver la otra paciencia. esta es en el original “ὑπομονή” (Jupomoné), este tipo de paciencia es esperar lo que se espera o se desea a través del tiempo. Paciencia es también soportar circunstancias aplastantes, pruebas, dolor y sufrimiento sin quebrar la fe. A diferencia de la makrothumía, que es tener paciencia hacia las personas que nos ofenden o nos provocan.

Por eso el Pastor Santiago, usa esta palabra para con Job. A Job nadie lo estaba ofendiendo como a Jeremías, ni hostigando como a Isaías. A Job eran las circunstancias, eran aflicciones que en su soberanía Dios estaba permitiendo en Job y que él explica teológicamente de una manera excepcional, al decir después que uno a uno le fue contando las trágicas noticias que le acontecían: «Desnudo salí del vientre de mi madre Y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; Bendito sea el nombre del Señor».” (Job 1:21). Y cuando la esposa le dice que maldiga al Señor y se muera, él le conmina a no hablar como una insensata y cuestiona: … ¿Aceptaremos el bien de Dios pero no aceptaremos el mal?»” (Job 2:10).


  • Rendidos ante un Dios muy compasivo y misericordioso: 

La paciencia siempre tiene la mirada puesta en el resultado final, en la meta. Por eso Santiago finaliza este pasaje diciendo: ………han visto el resultado del proceder del Señor, que el Señor es muy compasivo y misericordioso.”. La traducción literal de paciencia (hupomone), es permanecer debajo de. Como lo advertía el mismo Santiago en el primer capítulo, sintámonos muy gozosos cuando nos hallemos en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de nuestra fe produce paciencia. Las pruebas en el creyente nos producen permanecer debajo de ese buen Dios que es muy compasivo y misericordioso. 

Conclusión

Hay un comentario del Dr. David Jeremiah sobre esta epístola de Santiago que se llama Un giro hacia la integridad, y el capítulo que estudia este texto lo titula de una manera muy certera: «Cuando usted tiene afán, pero Dios no».

En este mundo donde prima la inmediatez y no se quiere esperar nada, es necesario que Dios prueba nuestra paciencia. La verdadera prueba de nuestra paciencia no es cuando Dios responde rápido a nuestras peticiones, sino cuando parece que Él ha «escondido su rostro». Ahí es cuando Dios está esperando que nos rindamos y nos sometamos ante su mano poderosa; una mano que a la vez es bondadosa, misericordiosa y tan amorosa, que entregó a su propio Hijo por amor a nosotros.

Aun siendo nosotros sus enemigos, sin ningún interés en buscarlo ni reconciliarnos con Él, Dios decidió acercarnos a Él. En un acto de pura longanimidad, entregó a su Hijo como ofrenda por los pecados de sus enemigos, buscando que tú y yo no nos perdamos, sino que gocemos de vida eterna y salvación.

Por eso, este es un llamado apremiante y angustiante a que vengas a los pies de Cristo, ahora que aún hay tiempo, ahora que estamos en los últimos días. Como nos recuerda el apóstol Pedro:El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3:9)

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Maicol Pérez 1000 a.m.

¡Paciencia y paciencia: Cristo vuelve!

📖 Santiago 5:7-11

🗓 10 de Mayo de 2026